martes, 5 de agosto de 2025

De Jiva a Bujara (Uzbekistán).

     Y de una ciudad de 90.000 habitantes a una de 240.000. Parece que en los próximos días las ciudades a visitar van a ir creciendo considerablemente.

    Hoy un gran convoy con más de 30 vagones todos de literas nuevamente me ha traído a Bujara. Solo una parada a tres cuartos de hora de Jiva, en Urgench (la estación que veis en el montaje), y muy poco más tiempo viendo el oasis. 

    En seguida pasamos el Río Daría (la foto es mala porque me ha pillado desprevenido pero tiene más de cincuenta metros de ancho), y después cinco horas de travesía del desierto sin paradas ni cobertura.


    El río viene de las montañas del Pamir, una cordillera legendaria y en su día desembocaba en el Mar Aral. Ahora de ese mar que tenía 68.000 km cuadrados de extensión queda una sexta parte y un cementerio de barcos que ofrecen visitar como atracción turística.

    El tipo de riego por inundación de todas las zonas aledañas y las plantaciones de algodon de las que Uzbekistán es potencia mundial hacen que sus aguas terminen desapareciendo lo que ha provocado uno de los desastres ecológicos más nombrados del siglo pasado. 

    Ahí tenéis algunas imágenes del desierto. En la última si os fijáis se ve la sombra del tren al caer la tarde.



El viaje se me ha hecho ameno porque además de con una joven madre y su hijo de tres o cuatro años he coincidido con dos hombres de mi edad. Os cuento.

En seguida me han ofrecido un vaso de agua que no he aceptado diciendo que llevaba agua y comida. Me he sacado mi perrito caliente y mi botella y he calmado el estómago. Eran las tres y cuarto cuando salíamos.
Como media hora o una hora después de terminar yo, se sientan en la mesa del pasillo con un tupper de esos altos, dos botellas de agua, un pepino de esos que plastifican en Mercadona pero pequeños y unas finísimas tortas de pan del tamaño de una sartén grande. 
Yo iba sentado en la ventanilla de enfrente pero tanto han insistido en que me acercara con ellos y probara lo del tupper y el pepino que me he acercado. 
Había dos pepinos, me han dado uno, lo he partido por la mitad con la mano y he empezado a comérmelo. Aquí los comen sin pelar. En el tupper llevaban unas cortezas y una carne con ajos que te mueres.
Cuando me han dado el vaso de agua acababa de beber un trago de mi botella y me lo he dejado en la mano. En seguida he visto que querían que lo pasara. Le he dado un trago y era cazalla rebajada un pelín con agua.
El más pequeño de los dos saca un tomate, y yo mi navajilla. Cuando se acababa un tomate, sacaba otro y con el pepino igual.
En esto que pasan dos guardias y le dicen al más alto que qué hace esa navaja encima de la mesa. El hombre se ha explicado sin decir que era mía y la cosa no ha ido a mayores. Pensé que me quedaba sin ella.
El guardia ha cogido las dos botellas y no sé si a sabiendas o no, no las ha olido. En cuanto se han ido nos hemos mirado los tres y nos hemos descojonado, ellos con evidentes signos de desprecio hacia los policías. Han escondido la botella de cazalla y la navaja hasta que han vuelto a pasar, nos hemos vuelto a reir y hemos seguido comiendo y bebiendo un rato más. 
A todo esto ellos con su cháchara en uzbeko; ni papa de inglés y sin cobertura para usar el traductor y pasando del desierto que a mí sin embargo me tenía encandilado con esa arena tan quemada. 
Un viaje que no olvidaré.
Mañana espero enseñaros Bujara. Buenas noches. 


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